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Agresividad infantil: ¿Por qué tan violento?

Aunque sea un tema que angustia de sobremanera a los padres, la psicóloga infanto-juvenil y terapeuta familiar Mónica Rademacher, aclara que estas manifestaciones son normales y dan cuenta del desarrollo emocional y social de los niños. “Desde el primer año de vida hasta los tres años aproximadamente, la tarea de los chicos es aprender a auto-regularse, por lo tanto, cuando pelean están experimentando, entrenando y poniendo a prueba de alguna manera sus capacidades para controlar los impulsos frente a determinadas situaciones”, advierte.

Poco a poco aprenden a controlar sus emociones y sus deseos, en la medida en que se relacionan con sus pares, en especial en situaciones sociales y espacios como el jardín infantil. Como asegura la psicóloga, “los padres deben tener claro, eso sí, que es responsabilidad de ellos ayudar a sus hijos a controlar la agresividad natural que tiene cada uno”.

Los niños “polvorita”
Hay varias teorías que intentan explicar el por qué de estas conductas. Algunas hacen hincapié en el carácter genético de este rasgo, mientras que otras señalan que la agresividad está motivada principalmente por las influencias del medio. Dado que es imposible cambiar la genética de una persona, lo que los padres sí pueden hacer es poner atención a cómo el ambiente que rodea al niño puede estar favoreciendo estos comportamientos.

Los pequeños pueden ser agresivos porque imitan las conductas agresivas que ven en los adultos o en sus pares. Al usar la violencia para resolver los problemas, se les enseña que los conflictos y discrepancias se resuelven así. Si además las consecuencias de su comportamiento agresivo no son negativas -golpea a un amiguito y consigue comerse el dulce que quería o no recibe sanción cuando insulta a su hermana- tenderá a repetir estas conductas en el futuro.

La falta de coherencia en la educación de los hijos también puede favorecer estas conductas. Por ejemplo, que un comportamiento violento sea sancionado unas veces sí y otras no o que se castigue una agresión con otra agresión. Lo mismo ocurre si es sólo uno de los padres quien castiga y el otro no lo hace, lo desautoriza o se descalifican entre ellos frente a los hijos.


El tipo de disciplina paterna también influye. Se ha demostrado que tanto los padres poco exigentes como aquellos muy autoritarios fomentan el comportamiento agresivo en sus niños. Las carencias afectivas podrían igualmente motivar actitudes violentas. Si el pequeño no percibe cariño y atención de parte de sus padres, tratará de conseguirlo utilizando el último recurso que le queda: las conductas agresivas. No poner límites a los hijos o permitirles hacer lo que quieran, es una actitud que ellos -inconscientemente-interpretan como falta de preocupación y amor. Es como si se les dejara hacer de todo ‘para que no molesten’.

Las relaciones deterioradas entre los padres también pueden provocar tensiones que induzcan al niño a comportarse de forma agresiva. Finalmente, un déficit en las habilidades sociales del niño para afrontar las frustraciones -no suele compartir con sus pares, le cuesta expresarse verbalmente, es muy tímido- podrían favorecer reacciones violentas.


¿Cómo tratar su conducta agresiva?

Mónica Rademacher señala que “lo más efectivo para enseñar a los hijos a controlar su agresividad es a través del ejemplo. Y eso se hace manteniendo la calma frente a situaciones de conflicto, nunca respondiendo con agresividad a estímulos agresivos”. Aprender a controlar estas conductas requiere de mucha paciencia, tiempo y perseverancia, pero es fundamental para lograr que superen esta etapa y sepan controlar sus impulsos y frustraciones cuando sean adultos.

Por otra parte, la psicóloga Isabel Serrano, en su libro “Agresividad Infantil”, propone un sistema de fichas y puntos para incentivar conductas no violentas. El niño gana puntos por cada pequeño esfuerzo que hace. Cuando consigue un número determinado de fichas o puntos obtiene un premio a cambio; ir al cine, salir a un paseo u otra recompensa que lo motive. Si se busca que deje de pelear con su hermano tan a menudo, puede premiársele paso a paso: 1 punto si no le pega cuando se enojan, 1 punto si no lo insulta y 1 punto si comparte los juguetes con él. “Hay que tener paciencia. La primera semana intentará no pegarle tanto. La segunda, no insultarle. No hay que penalizarlo por no conseguir puntos, simplemente no se los demos”, indica la especialista.

Estrategias para frenar la agresividad

*Es esencial que exista cooperación, coordinación y apoyo entre todos los adultos que rodean al niño. Ambos padres deben estar de acuerdo a la hora de tomar decisiones, establecer normas de convivencia y límites.

*El principal objetivo es que el pequeño aprenda formas alternativas de reaccionar. Por ello, cada vez que manifieste actitudes adecuadas, se le debe reforzar positivamente (felicitarlo, elogiarlo). Por el contrario, no se debe permitir que consiga lo que desea cuando grita o golpea. Espere a dárselo cuando lo pida de forma calmada. Dele
instrucciones claras acerca de cómo hacerlo.

*Si muestra una conducta agresiva contra los demás, apártelo del grupo, sin reñirle ni culparle y permitiendo que continúe su juego sólo cuando decida reintegrarse con una actitud más adecuada. Otra alternativa es quitarle privilegios, por ejemplo, ver la televisión. El castigo físico no es aconsejable, por ser inadecuado y contraproducente, y por sus efectos negativos: se imita la agresividad y aumenta la ansiedad del niño.

*Es conveniente reducir su contacto con modelos agresivos, incluyendo programas de televisión violentos. Muéstrele que hay otras vías para solucionar los conflictos, como el razonamiento y el diálogo. Si ve que los adultos tratan de resolver los problemas de modo no agresivo, y con ello obtienen consecuencias agradables, los imitarán.

*Enséñele a expresar sus emociones de forma adecuada, para que no se sienta reprimido. No censure sus sentimientos. Es válido sentir rabia, pero ello no es justificación para descargarse golpeando al hermano, insultar a sus padres o romper objetos. Mantenga una actitud positiva y fíjese en los progresos de su hijo más que en sus errores.

*Para mitigar la tensión, permítale descargar la energía acumulada con actividades como jugar con plasticina, bailar y saltar.

Fuente: artículo publicado en Revista PadresOk, mayo de 2007.

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