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Drogas y adolescentes: en la cuerda floja
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¿Cómo y cuándo reconocer que un hijo puede estar consumiendo drogas? o ¿cómo cuidarlos para que no se conviertan en adictos? Son preguntas muy difíciles de responder. Sin embargo, existen pautas para comprender cuando los jóvenes son vulnerables y cuando, sin quererlo, están pidiendo ayuda a gritos.
Hugo confiesa que a los 14 años comenzó a consumir drogas. “¿Por qué?, por curiosidad, por saber que se sentía. Me gustó y empecé a juntarme con hippies y seguí metiéndome más en la marihuana y el alcohol. Tuve problemas en el colegio y me echaron de varios, estuve en tres liceos y siempre fui el “volao”. Empecé a tener problemas en la casa porque le sacaba ropa a mi mamá para venderla y comprar marihuana y alcohol”.
Marcela también se transformó en una cifra estadística a los 12 años, cuando comenzó a beber. A los 14 ya probaba drogas duras para terminar inyectándose. “Primero tomaba hasta emborracharme y como no resistía toda la noche me ‘metía’ anfetaminas. El problema es que era muy insegura de mi físico, en realidad de todo. A la mañana siguiente me daba depresión, me preguntaba por qué existo, que hago aquí. Me daban ganas de desaparecer”.
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Estos crudos testimonios son parte de las miles de historias que se acumulan ante el Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes, Conace. Según el Estudio Nacional de Consumo de Drogas en la Población Escolar de Chile, realizada a niños entre octavo y cuarto medio, en colegios particulares, subvencionados y municipalizados, el 23,8% de los escolares dijo haber probado alguna droga -marihuana, cocaína o pasta base al menos una vez en su vida.
Respecto al alcohol la cifra es más alarmante. El 39,2% ha probado alcohol en el último mes, y el 61,7% lo ha hecho en el último año. El estudio también constató que no existen diferencias significativas entre los establecimientos educacionales, sin embargo, el consumo de alcohol tiene una mayor prevalecía en los particulares, un 50%; contra subvencionados, 40%; y municipalizados, con un 34%.
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La adicción está en todos lados y no respeta edad, sexo o condición social. Muchas personas son adictas, y esto puede reflejarse en aquellas que son dependientes a las bebidas colas, al chocolate y hasta al Internet. Pero si definimos a la adicción como “un grupo de fenómenos fisiológicos, conductuales y cognitivos de variable intensidad, en el que uso de sustancia pscioactivas tiene alta prioridad”, podemos constatar que se trata de una conducta obsesiva y compulsiva, una necesidad incontrolada de repetir cierta acción de manera ritual y esterotipada, que lleva a consumir periódicamente alcohol o alguna droga para experimentar un estado afectivo positivo -placer, bienestar, euforia, sociabilidad, escape a la realidad, búsqueda o abandono de la identidad, exploración de nuevas sensaciones- o librase de un estado negativo, como dolor, aburrimiento, timidez o estrés.
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Existen diferentes teorías para explicarse por qué algunas personas “caen” en las drogas y otras no, pero lo que sí está claro es que existen edades importantes en la estimulación de una personalidad adictiva. Según el libro “Adicciones: cómo prevenirlas en niños y jóvenes”, de María Josefa Cañal, la infancia constituye el mejor momento para aprender de los padres. “No se trata de sentar a un niño de tres años y explicarle qué son las drogas, pero sí inculcarle una serie de pautas de disciplina y autocontrol, que le servirán para tomar decisiones de manera libre e inteligente en el futuro”, señala la autora.
Los niños preescolares no suelen ser adictivos. Sin embargo, aunque el uso de drogas no constituya una preocupación para ellos, hasta los más pequeños han oído hablar sobre el tema. Si se enteran de que sus padres fuman y beben, ellos tenderán a seguir el ejemplo. La clave está en no involucrarlos en los hábitos de los adultos, como servirles la copa o comprar los cigarrillos. También la televisión es una fuente de información para adquirir hábitos adictivos. Así también, el consumismo excesivo es una manera de inculcar la ansiedad y la auto-confirmación, según las cosas materiales que se posean.
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Adolescencia: época de vulnerabilidad
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Pero es la adolescencia el período de transición más vulnerable, cuando la autoestima está muy frágil. Los jóvenes de hoy, según Rogelio Villarroel citado por el libro “Adicciones”, “reciben mucha información y han aprendido a enajenarse, a escapar de sí mismos, a enchufarse a la televisión o a un computador. Sus padres los presionan: haz la tarea, ponte tal cosa, cállate, deja de dar la lata, no hables así, no me contestes, etc., pero nunca les preguntan cómo se sienten o por qué actúan de tal o cual manera. En consecuencia, los jóvenes no se conocen y son todo menos ellos mismos”.
Por esta razón y por querer autoafirmarse frente al grupo, es que buscan en las drogas el escape perfecto para contestar y comportarse frente al mundo. La decisión de probar la droga tiene alcances importantes, porque la primera ocasión puede derivar en el futuro abuso o dependencia, o en el rechazo posterior de la sustancia. Está comprobado que en el primer caso tiene que ver con las carencias afectivas del joven, problemas para decir no, autoestima muy baja y trastorno de identidad, entre otras. En el segundo caso, puede que el adolescente haya sido presionado por el grupo, y que en el fondo no lo desee.
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Por esta razón, depende de los padres criar a los niños con fuerza interior y con una autoestima tal que no necesiten buscar en las drogas la manera de enfrentar al mundo. Pero tan importante como la educación es el fortalecimiento de la confianza padre-hijo. Para clarificar este factor, el Conace difundió una película hecha en Brasil llamada “El bicho de 7 cabezas”, en que se mostraba a un padre que encierra a su hijo en un centro de rehabilitación cuando el muchacho sólo había probado marihuana una vez. Las consecuencias posteriores fueron que el niño se volvió loco, al constatar que sus padres no habían creído en él, y lo habían encerrado para siempre.
Este caso tal vez es extremo, pero muestra que los padres siempre deben ser cautelosos de observar a sus hijos, entenderlos y mantener ante todo la confianza y no la sospecha como primera instancia. Un joven que puede conversar con sus padres y que busca ayuda porque dice haber “tocado fondo”, no está en una situación tan terrible en la adolescencia como en la adultez, en que hombres y mujeres pierden casa, esposo o esposa y sus vidas completas por causas de las drogas.
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La última puerta
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Freddy comenzó a fumar marihuana a los 14. En su casa nadie se dio cuenta de que lo hacía porque no robaba y se cuidaba los ojos con colirio. Luego de que lo echaran de varios colegios llegó al colegio La Puerta, como la última oportunidad para reinsertarse. “Yo veo que son los problemas de la casa los que hacen que uno de nosotros sea drogadicto. Yo lo he visto, cuando les falta el papá o cuando no tienen comunicación con la familia. Yo lo hice por probar no más, pero me echaron de todos lados. La Puerta me abrió una puerta”.
En la calle Américo Vespucio con Apoquindo está este colegio que nació en abril de 1997, a raíz de los acontecimientos de agresiones en el Verbo Divino entre pandillas que estaban fuera del sistema educacional normal, y cuenta con infraestructura para atender a 90 alumnos. El director del Colegio, Ernesto Lizana, cuenta que los jóvenes que llegan siempre lo hacen con un adulto. “Yo les digo, esperen, queremos escuchar al niño. Les pregunto ¿tienes ganas de estudiar? y si dicen que sí, aquí los acogemos”, señala.
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Una música estridente suena en la sala contigua al director. Están ensayando en el taller de música. Parecen profesionales. “Acá tu tienes que comenzar a cambiarles la vida, llegan desestructurados, no hay lazo afectivo, llegan con la autoestima muy decaída, están en terreno de nadie y son caldo de cultivo para las pandillas. Comenzamos entonces a abrirles expectativas, a encontrarse con un mundo diverso que antes estaba muy limitado”, señala Lizana.
El Colegio funciona con un programa de mejoramiento personal, una hoja en la cual el joven cuenta cuales son sus debilidades y defectos. “Cuesta mucho que ellos reconozcan sus realidad, el consumo de marihuana, el alcohol, o que se llevan mal con sus padres. Entonces les proponemos un plan de trabajo para mejorar y lo ayudamos con tutores, sicólogos y sus propios papás”, cuenta Lizana. En primero y segundo medio existe el Programa de Compromiso Personas, donde los jóvenes trabajan un área específica no lograda, y en tercero y cuarto medio se trabaja en el Proyecto de Vida Personal, para definir qué hacer con su vida.
Esta última puerta les da la posibilidad a aquellos jóvenes que estuvieron más vulnerables a reintentar vivir de nuevo. “Nuestra idea es reinsertarlos en el sistema y mantenerlos sin desertar, egresar como buenas personas, sin consumo de drogas. Ya tenemos arquitectos, periodistas, pedagogos, abogados y muchos músicos”, agrega el director.
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Las dos caras de la moneda
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Existen síntomas típicos que pueden delatar el consumo de drogas. Sin embargo, mucho de estos pueden provocar equívocos si los padres no basan la relación con sus hijos en la confianza.
1. Ojos enrojecidos. Este signo induce a los padres a pensar que el joven bebió alcohol o fumó marihuana. Muchos de ellos usan gotitas que actúan paliando este síntoma. Sin embargo, también puede indicar que el joven padece una infección o una alergia, que se expuso mucho tiempo al computador o a los juegos electrónicos, o permaneció largo tiempo en un lugar cerrado y contaminado.
2. Nariz con goteo constante. Las personas que usan cocaína o inhalables padecen de este síntoma, pero también puede originarlo un resfrío, una alergia o la desviación del tabique nasal, por ejemplo.
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3. Olor a tabaco o marihuana. El joven fumó, o estuvo cerca de personas que lo hacían.
4. Comportamiento extraño. Al observar que su hijo habla y sonríe poco, se mantiene retraído y deambula por la casa, los padres pueden sospechar que usa cocaína o drogas sintéticas -éxtasis por ejemplo-, o bien que enfrenta un problema que lo agobia. También puede ser que esté enamorado.
5. Comportamiento agresivo. Las drogas en general provocan agresividad en el consumidor. Pero también cuando un adolescente enfrenta un problema que le parece enorme, siente frustración porque ha fracasado en algo, se relaciona con amigos agresivos o está muy presionado en la casa o el colegio, dará muestras de agresividad y rebeldía.
6. Fracaso escolar repentino. Si hasta hace poco el joven era un buen estudiante y de pronto obtiene malas calificaciones, es posible que esté usando alcohol o cualquier tipo de drogas, pero a lo mejor ha perdido interés por lo que estudia, no se encuentra a gusto en su grupo o colegio, tiene problemas con alguien o está enamorado.
7. Falta dinero en la casa u objetos. El robo puede ser debido a que el joven necesita dinero para proveerse de sustancias. Por otro lado, existe la posibilidad de que contrajera una deuda, o desee ayudar a alguien que lo necesita.
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Fuente: Artículo publicado en Revista PadresOk, octubre de 2003.
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