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El consuelo de comerse las uñas

En general, los niños comienzan a comerse las uñas a los cuatro o cinco años de edad. Este hábito compulsivo, denominado onicofagia, debe transformarse en una preocupación para los padres y en motivo de consulta al pediatra cuando es muy repetitivo y los niños se comen las uñas hasta llegar a la piel, provocando infecciones en los dedos.

Magdalena Rahmer, psicóloga de la Pontificia Universidad Católica, explica que comerse las uñas es en la mayoría de los casos un comportamiento automático compulsivo, donde el niño sabe que es perjudicial y que le hace daño, pero que no puede evitar o sencillamente no controla. Habitualmente, responde a sentimientos de ansiedad o inseguridad. “En algunas ocasiones, los niños se comen las uñas bajo determinadas circunstancias y no en otras, por lo tanto, los padres deben fijarse cuándo ocurre y conversar con su hijo sobre lo que está pasando. Así, podrán descubrir cuál es la razón que lo está llevando a morderse las uñas”, sostiene la profesional.

¿Por qué se comen las uñas?

Son muchos los motivos que pueden influir para que un niño comience a comerse las uñas. Las razones más comunes se asocian a que el menor esté experimentando ansiedad por alguna situación o un sentimiento interno de malestar, y cuyo síntoma es llevarse las manos a la boca. También se asocia a estados de preocupación por alguna situación que lo aflige, como la llegada de un nuevo hermano al hogar o la vuelta a clases, o que esté tratando de llamar la atención por algo que le sucede. Asimismo, cuando uno de los padres se come las uñas frente a sus hijos, es muy probable que el niño lo trate de imitar y termine adquiriendo este mal hábito.

También hay casos de niños que se comen las uñas por su temperamento vulnerable, por ejemplo, cuando son muy sensibles, no toleran la frustración, o no manifiestan su sufrimiento abiertamente. Por lo mismo, se retraen y recurren a consolarse inadecuadamente a través de este comportamiento.

La onicofagia es muy frecuente en los niños, por lo tanto, los odontopediatras son uno de los primeros en darse cuenta de sus efectos. Según Carolina Véliz, cirujano-dentista de la Universidad de Chile, además de los dedos sangrantes, los signos más evidentes de esta patología son los bordes desgastados de los dientes anteriores, úlceras recurrentes en la encía y labios, inflamación de la encía y mayor predisposición a las infecciones orales. “En los dientes las secuelas van desde microtraumatismos del esmalte a fracturas del diente que afectan gravemente la estética e, incluso, se puede producir una deformación de la mordida. Es importante que los padres detecten a tiempo esta práctica, porque cuando no responde a una situación tensional, puede tratarse de una conducta imitativa o una mera entretención. Así, mientras antes se corrija, mejor será el pronóstico y menores los daños que puede provocar”, sostiene la odontóloga.

Cuando antes se detecte, mejor

Cuando el hábito está recién empezando, es más fácil detenerlo. La doctora Véliz afirma que morderse las uñas es un síntoma, y al determinar la causa se pueden escoger variados tratamientos multidisciplinarios, que dependerán de la intensidad del comportamiento. Si se descubre que la causa es por angustia, lo primero es tratar de aliviarla modificando la situación que lo preocupa. Si no hay otro síntoma de ansiedad, es recomendable el uso del refuerzo positivo, es decir, premiarlo por no comerse las uñas e ignorarlo cuando se las come. Si lo hace antes de dormir, es recomendable darle algún juguete o ponerle guantes.
Si pese a estos esfuerzos la conducta se extralimita y el morderse las uñas comienza a ser un comportamiento repetitivo, la psicóloga recomienda acudir a un especialista para entender qué le pasa al niño y cómo sus padres pueden ayudarlo.

Fuente: Extracto del artículo publicado en Revista PadresOk, junio 2003.

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