Desde siempre el ser humano se ha hecho preguntas sobre el sentido de la vida. “¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué ocurre después de la muerte?”, son cuestionamientos que lo han acompañado desde sus comienzos y que han encontrado respuesta principalmente en la fe y la religión, concebidas como una especie de sabiduría que se transmite de generación en generación, y que permite mirar la vida con otros ojos.

Así lo explica Andrea Precht, profesora de la cátedra Educación y Expresión de la Fe y las Virtudes en el Niño de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien afirma que “para enfrentar al mundo necesitamos ponernos lentes de colores. La fe es uno de esos lentes que nos ayuda a mirar y entender la vida desde otra perspectiva”.

Esa nueva mirada que otorgan los “prismáticos de la fe” constituye uno de los pilares fundamentales para que el niño se integre sanamente a la sociedad, con la convicción de que pertenece a una comunidad, que no está solo y que existe “alguien” superior a él que lo ama y que lo está observando y protegiendo constantemente, desde antes de su nacimiento y hasta después de su paso por la tierra.

El psicólogo y Director Social del Hogar de Cristo, Benito Baranda, explica que “si un niño logra entender su relación con Dios, su procedencia de Dios y su vida como un regalo, lo más probable es que sea más feliz que aquel que no ha logrado comprenderlo. La fe acompaña el desarrollo mismo del niño y le va dando insumos importantes para conocer la profundidad con que debe vivir los valores en el desarrollo de sus propias capacidades”.

Pero, ¿qué es en sí la fe? El sacerdote jesuíta y profesor del Colegio San Ignacio, P. Miguel Sepúlveda, S.J., la define como “aquella respuesta que el hombre o la mujer dan a una manifestación gratuita de Dios, que va más allá de una simple adhesión intelectual a una determinada doctrina religiosa: es la confianza en Dios como persona que nos ama, ayuda y nos permite creer que Él es infinito en poder y puede acudir en nuestra ayuda; es infinito amor y quiere nuestro bien; es infinita sabiduría y sabe el momento y la manera de remediar nuestra necesidad”.

Según explica, esta realidad sobrenatural contribuye a formar niños más íntegros y que se pueden relacionar mejor con temas como la muerte, la ausencia de seres queridos, la solidaridad con los compañeros y la gratitud frente a la vida, entre otros aspectos.

Ritos: mientras más pequeños, mejor

Para Margaret Bazley, profesora de Religión Protestante en The Grange School, uno de los aspectos más importantes en la educación de la fe, es el comienzo precoz. “Un niño que está conciente de la presencia de Dios en su vida desde una temprana edad va a ser más seguro de sí mismo, pues no le cabrá en la mente la posibilidad de quedarse solo, desamparado o indefenso. Si el niño permite que Dios forme parte natural de su vida y crianza, le resultará normal acudir a Él en forma constante y verdadera para cualquier cosa. Lo verá como un amigo, no como un ser superior temible que está al acecho de aquellos que cometen algún error”.

Lo mismo opina Joyce Veloso, madre y empresaria, que ha inculcado a sus dos hijas desde muy pequeñas los valores de la religión judía. “La fe para nosotros es confirmar que existe un Dios único: Shema Israel Adonai Eloeinu. Es tradición y continuidad. Por eso, desde siempre los niños tienen un papel importante en las celebraciones o fiestas. Por ejemplo, en el Shabat que se celebra cada viernes, y en las distintas fiestas del año como Januca, Pesaj, Sucot, ellos participan activamente”.

Frente a este planteamiento, el sacerdote también se manifiesta a favor de iniciar a los pequeños desde que tienen conocimiento -a los 3 ó 4 años- pues de lo contrario puede suceder una situación similar a la que enfrenta un deportista si no realiza precalentamiento: corre el riesgo de lesionarse, es decir, de abandonar cualquier intento de celebración ya sea por aburrimiento, porque no entiende o porque simplemente no le encuentra sentido.

Un proceso

Sin embargo, la fe no es algo que se adquiera fácilmente ni que permanezca intacta en el transcurso de la vida. Al contrario, está en una evolución constante y va pasando por distintas etapas.

Según Andrea Precht, este proceso madurativo se basa en la búsqueda constante de plenitud. Ya desde el vientre materno el bebé vive una experiencia de comunión. De pronto esa protección, esa totalidad se rompe y el niño empieza a darse cuenta que está solo. Comienza, entonces, a luchar entre estos polos de soledad y anhelo de comunión, en los que su objetivo final es intentar volver al vientre materno y alcanzar nuevamente la plenitud.

En este contexto, la primera etapa que se puede reconocer es el período de amamantamiento. El bebé quiere estar todo el tiempo junto a su madre, en el pecho, en comunión con ella, y sorpresivamente aparece un hombre -su papá- que lo saca de ahí, lo arranca de esa instancia para presentarle el mundo. Si se hace un paralelo de esta imagen, el creyente encuentra en Dios estas dos dimensiones: la de cobijo, que lo devuelve a la comunión, y la de arranque, que lo lanza a conocer, a responsabilizarse y a encontrarse con la comunidad.

A medida que el niño va creciendo, asume en sus padres la perfección. Ellos son TODO. Luego, alrededor de los 4 ó 5 años, se va despegando de esta imagen del Dios Papá o Dios Mamá -porque puede adoptar forma femenina o masculina- y comienza un proceso de socialización en el que descubre en sus compañeros de escuela o jardín a Dios como hermano. Es el momento en que se le puede comenzar a transmitir el llamado a la experiencia de comunidad, y algunos símbolos propios de la fe que cada familia sigue. Por ejemplo, se le pueden enseñar algunos cantos de alabanza, hacer más evidente alguna imagen en la casa, mostrarle la Biblia como un libro especial, diferente de los demás o encender una vela para transmitirle la experiencia de la luz.

En este sentido, es muy importante no subestimar la capacidad comprensiva del niño. Ellos se acercan al símbolo con mucha simpleza y el símbolo “les habla”, por lo que se puede trabajar a partir de esta relación temas de gran profundidad, que se simplifican al hacerlo concreto, al traducirlo a un lenguaje infantil.

Fuente: extracto de artículo publicado en Revista PadresOk, Diciembre 2003.