Adaptarse al mundo. Respirar, moverse, hacer que la sangre circule por su cuerpo aún inexperto, es sin duda una enorme tarea para el recién nacido.

La primera evaluación para saber qué tan bien está pasando la prueba se realiza al minuto del nacimiento. Uno de los primeros rostros con que se encuentra el pequeño es el del médico neonatólogo, quien le practica el test de Apgar.

Aunque se trata de una medición muy simple, es crucial para determinar si requerirá reanimación inmediata y de qué tipo. Evalúa la actividad cardiaca y respiratoria, el color del cuerpo, el tono muscular y algunos reflejos, dándole a cada aspecto una puntuación que va de 0 (muy mala) a 2 (óptima). Al final todo se suma, obteniendo un máximo de 10 puntos.

Desde que, en 1953, lo desarrolló la estadounidense Virginia Apgar, se mantiene vigente en todas las maternidades, avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Un puntaje menor a 3 se considera grave. En ese caso se actúa inmediatamente para evitar que el niño muera o quede con secuelas. De 4 a 7 representa una depresión respiratoria más leve que requiere observación, y de 7 a 10 se considera normal. Según la OMS, el 90 por ciento de los recién nacidos está en este último rango.

Si un niño presenta un Apgar bajo al comienzo puede ser a causa de una depresión inicial. La prueba se repite a los cinco minutos y esta última medición es la más importante para elaborar un diagnóstico. Sin embargo, no se ha demostrado que el test determine cuán hábil será a futuro o si tendrá desventajas cardiacas o neurológicas. Únicamente chequea su vitalidad al nacer.

El neonatólogo también controla el peso y la talla del niño, y hace un exhaustivo chequeo de su aspecto para descartar malformaciones o hematomas producidos durante el parto. Además, lo estimula para ver si responde con ciertos reflejos, como una forma de comprobar el buen estado de su sistema neurológico.

Descartando peligros ocultos

A lo anterior se suma otro examen, a través del cual el neonatólogo puede descartar dos condiciones congénitas que pueden estar presentes en el recién nacido y que no tienen ninguna manifestación externa: se trata del hipotiroidismo y de la fenilketonuria, que si no se detectan y tratan a tiempo, pueden dejar un déficit mental severo de por vida.

Su presencia se verifica por medio de un examen de sangre que se hace de rutina en todas las clínicas y hospitales por medio de unas gotas que se extraen al niño desde su talón.

De ahí la importancia de este examen y del test de Apgar. Dos evaluaciones que, con el nerviosismo del parto, poco se perciben, pero que son la primera prueba a la que se somete su hijo y, tal vez, la más importante.

Fuente: doctor Juan Pablo Beca, jefe unidad neonatología Clínica Alemana. Santiago, Chile.