Hasta aproximadamente los 3 años los niños son casi siempre más cercanos a la madre que al padre. Esto no quiere decir que no lo perciban como alguien importante, sino que es la mamá quien aparece como una extensión de ellos mismos, con quien han desarrollado el apego y de quien siente gran dependencia física y emocional.

Sin embargo, pasados los primeros años los pequeños comienzan a abrirse al mundo y a descubrir al padre como un ser que les ofrece alternativas fascinantes, y que constituye un rol fundamental en el desarrollo de su pensamiento, inteligencia y en su interés por algunas actividades: lo lleva de paseo, juega con él en la alfombra o el jardín, salen juntos a hacer deportes o aprenden los secretos para utilizar el computador.

Este acercamiento o encantamiento con la figura del padre se produce con mayor intensidad alrededor de los 3 ó 4 años y se vuelve a hacer evidente cerca de los 7 ó 9. Es lo que se conoce como “papitis”, una tendencia a permanecer cerca del padre, tratando de imitarlo o hacer con él el máximo de actividades posibles. Es admirado porque representa una ventana a la autonomía y al descubrimiento de cosas nuevas.

Así lo señala la psicóloga Karina Reinhardt quien advierte que en este proceso influyen varios aspectos como el aumento de la actividad física propio de su desarrollo muscular, la necesidad de jugar, pero sobre todo la diferenciación de roles que percibe el niño entre la madre y el padre: mientras ella se dedica a las labores del hogar o el cuidado del hermano más pequeño, el papá se va convirtiendo en su “amigo”, quien dedica la mayor parte del tiempo que comparten a jugar a “su altura”.

El padre: Límites, identidad y cultura

Según explica Reinhardt, el padre representa una figura fuerte y de autoridad que ordena el mundo, poniendo normas y límites. Se vuelve una fuente protectora frente a los peligros y un guía de la inteligencia y el pensamiento.

Es pieza fundamental en el desarrollo de la autonomía y un excelente educador para superar frustraciones y enfrentar conflictos a través del juego y el buen humor, características que se aprenden principalmente de la figura masculina.

Además, su cercanía y convivencia está muy relacionada con el desarrollo del lenguaje, el pensamiento práctico, el desarrollo del carácter científico y el interés por diversas áreas de estudio, como la geografía, la historia, el arte u otras aficiones.

“Se ha comprobado que existe una relación entre el intercambio cultural e intelectual que tengan los padres entre los 4 y los 7 años y el futuro desarrollo de la inteligencia del niño. Es él quien motiva el aprendizaje en el niño, quien despierta su curiosidad por cosas nuevas y entretenidas. Las expectativas que él tenga en relación al rendimiento escolar son también cruciales a la hora de evaluar los esfuerzos que haga el niño, pues el pequeño no querrá defraudarlo”, plantea Karina Reinhardt.

Además, el padre es muy importante en el desarrollo de los hobbies, que a la vez ayudan a desarrollar constancia, perseverancia, motivación y responsabilidad. En este punto, es muy común que padres que han sido coleccionistas de algún objeto en particular, transmitan ese interés a sus hijos, o que aquellos que han practicado algún deporte como buceo o natación, despierten en sus hijos la misma inquietud.

Por otro lado, la figura del padre ayuda en el desarrollo de la autonomía y en el reconocimiento e identificación con la imagen masculina, tanto de niños como niñas. En este punto es cuando se suele mencionar el complejo de Electra en las niñas, en el cual se hace referencia a una especie de enamoramiento de la hija hacia su padre que se transforma en una competencia con la madre por el amor de ese hombre. Sin embargo, no es más que el descubrimiento de este ser diferente a ella que le ayuda a reafirmar también su propia feminidad, así como al varón su identificación masculina.

Fomentar los lazos

Es importante tener en cuenta que a pesar que el acercamiento hacia el padre se da en forma natural, se debe procurar una relación afectiva fuerte desde muy temprana edad.

En este sentido, la psicóloga advierte que la madre cumple un papel fundamental. En la medida que ella otorgue las instancias necesarias para que el bebé comparta con su padre, éste podrá establecer con él un apego paulatino. “Ojalá el padre asista al parto y pueda compartir todas las actividades con la madre: que mude a la guagua, que le de mamadera, y que lo haga dormir. Esto va creando en el niño la sensación de ‘esta persona también me cuida, también me quiere y me ofrece seguridad’ y al establecer este lenguaje y comunicación activa, facilita el vínculo futuro”, advierte.

Luego, a medida que el niño crece, la madre debe permitir ciertas libertades, venciendo cualquier aprehensión o temor a desprenderse de su hijo. Por ejemplo, permitir que un día salga el papá con el o los hijos sólo, ya sea de excursión o de compras, pues de esta manera el niño se vuelve menos temeroso y poco a poco se va independizando de ella, a la vez que aprende nuevas experiencias.

A veces, este destete o despegue puede resultar difícil, pero es imprescindible para el desarrollo de la autonomía y de la imagen masculina. Sin embargo, si se dialoga y se llega a acuerdos en cuanto a la responsabilidad, normas y los cuidados específicos que debe tener el padre con el niño, puede hacerse llevadero y convertir este alejamiento de la madre y acercamiento al padre en una instancia ideal para conseguir un apego más parejo para ambos; una clara señal que han comenzado a madurar como familia.

Fuente: Artículo publicado en Revista PadresOk, febrero 2004